lunes, mayo 22, 2006
Sentimientos cambiantes.
Esta mañana, he madrugado como siempre, pero me ha costado horrores poner el pie en el suelo.La perspectiva: lunes, un montón de clases todas seguidas y guardias en los recreos, frío ¿el 22 de mayo?; ya se sabe, todo en contra de la voluntad de querer levantarse para ir a trabajar.
Luego, a lo largo de la jornada, me he dado cuenta de que no era un lunes tan malo. Los alumnos me habían hecho caso y se tenían preparados los trabajos que sin falta entregarían hoy. Todos aprovechando la hora de clase para rematar alguna de las actividades propuestas ¿se puede pedir más para que reine la armonía en el aula? Ellos responsables, trabajadores; y yo satisfecha de ver lo atípico delante de mis narices.
Hasta los más salvajes, los que van a su bola y pasan de todo, ¿trabajando hoy, preguntándome si había posibilidades de que recuperasen la asignatura? De verdad que me tuve que frotar los ojos para comprobar que no estaba soñando, que no tenía visiones, que todo es posible en la enseñanza secundaria. Hasta los milagros. Doy fe de ello.
En resumen, la jornada muy bien, todo de una manera completamente distinta a lo habitual. Este es un día para señalar en el calendario. Mañana vamos a ver si se conserva la magia o no, pero que nos quiten lo bailado.
El caso es que ya en casa viendo el telediario de la primera y escuchando la noticia del autobús que chocó con un árbol y perdió el techo con el impacto, me entró un malestar insoportable. Enfocaron a una madre en un hospital, que contaba que había salvado su vida y la de sus hijos (una niña le daba un pañuelo para que se secara las lágrimas entre los moratones de los golpes) casualmente por haberse cambiado el sitio con otra mujer que llevaba un hijo, que fatalmente tuvieron que morir en el accidente.
Por qué poco se pierde la vida, cuántas veces nos salvamos por los pelos y lo contamos sobrecogidos aún, pero llorando de alegría de estar vivos, traumatizados por la experiencia y, sin embargo,aferrados a la vida con uñas y dientes. Así vi a esa pobre madre de orígen marroquí llorosa, magullada, agobiada por el recuerdo de la otra pobre mujer que había muerto junto a su hijo, simplemente por ocupar otro sitio (el suyo, el que ella le cambió), en un autobús que se precipitaba descontrolado hacia la muerte. Y lo que más me entristecía de todo era ver la mano de su hija pequeña tendiéndole un pañuelo para que secara su cara, con la calma de una criatura que, como si comprendiera el sinsentido al que había asistido, le quisiera dar ánimos a su madre junto a sus hermanos, allí, en silencio, en aquella habitación de hospital, inundada por las cámaras en busca de la noticia. Un accidente más de los muchos que suceden todos los días. Pero para ellos, los afectados, triste noticia que presenciaron en un fatídico día.
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3 comentarios:
También a mí me sobrecogió la noticia del accidente, ver las caras de los que sufren siempre impresiona. Terrible experiencia... Tierna imágen la de esa niña que alarga el pañuelo a su madre. En la adversidad hay también una luz, se veía el amor que se tenían.
Lo de tus alumnos es gratificante, menos mal que también hay aspectos positivos que destacar, aunque sólo sea a veces.
Saludos
perdón, imagen, sin tilde
La vida y la muerte dos caras de la misma moneda, nunca sabes cuando va a caer cruz. Nunca sabes lo que te va a salvar la vida ni lo que te la va a quitar.
La señora segadora no tiene piedad.
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