jueves, enero 18, 2007
La cercanía de un escritor.
He tardado unos cuantos meses en terminar de leer El amigo Manso, de Galdós. La razón es bien tonta: no me lo había traído a mi casa después de pasar una semana en una visita familiar. No tenía el libro, no podía continuar su lectura, así que se quedó esperando su argumento en lo más interesante. Y yo me moría por ver en qué paraba toda aquella historia del señor catedrático enamorado de una jovencita medio discípula suya.
Por fin, he podido retomar el hilo de su narración durante estas navidades. Cómo me hubiera gustado que tuviera una segunda parte este libro también; lo ponemos en esa larga lista de libros que no me importaría que no se terminaran nunca. Qué lástima me da ver su última página y saber que ese personaje que nos entusiasmó se quedará allí callado y sin nada más que ofrecernos de su vida ficticia.
El cariño que nos suscitan algunos personajes es muy parecido al que nos producen algunas personas que conocemos casualmente en un viaje, por ejemplo, y que sabemos que nunca más volveremos a encontrar; no sabemos nada de ellos y nos parecen tan cercanos, tan conocidos de toda la vida, mucho más que gente que tratamos a diario.
¿Quién me dice a mí que no me parece real este personaje de Galdós, al que he estado escuchando durante la lectura de esta novela, como si fuera alguien muy conocido por mí que me hace una confidencia personal? Eso es lo que he sentido cuando finalicé la obra: una cercanía de su autor difícilmente superable en la vida real. que por falta de tiempo nos quedamos en el relato anecdótico, deprisa y corriendo, y sin demasiadas profundidades que ya nadie tiene ganas de escuchar y menos de relatar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

