miércoles, agosto 29, 2007

Para pocas risas estamos.

Finalizando el verano, no queda ya nada, el sentimiento dominante es el de la tristeza, el abatimiento, el lloro y el permanente dolor en el corazón. Da igual que nos sea cercano (a veces tanto) o más o menos conocido el difunto del que hablemos. Su nombre lleva a cuestas una retahila de sucesos, anécdotas, vivencias compartidas o no que nos dejan los ojos melancólicos y el alma en un puño cuando no una opresión molesta en la garganta. Siempre tratamos de sobreponenernos. ¿Tanto cuestan unas lágrimas que no queremos desperdiciar? ¿Para qué mejor ocasión las andamos reservando?. La gente es así de correcta, no pierde el autocontrol en público. Bah, eso se dice rápidamente cuando no te llega el dolor como una saeta en el punto débil y preciso. Y más a traición, como son los verdaderos duelos. Esos te dejan para el arrastre y para de contar. En la vida hay muchos momentos así. Los toreamos como mejor sabemos. A veces los acontecimientos nos pueden y tenemos que tener paciencia para que sepamos aceptar lo inaceptable. Hoy escuché fortuitamente en la calle a un señor muy mayor que replicaba a otro "El tiempo nos acaba llegando a todos". Tendría una buena porción de tiempo acumulada, pero seguro que quería más en esas condiciones: podía salir a dar el paseíto, se encontraba más o menos bien con su existencia achacosa. Pero el plazo se iba cumpliendo. No se podía evitar ese permanente avance de un tiempo que siempre nos espera para alcanzarnos. Subía hacia mi casa y al oír esa conversación me di menos prisa por llegar. Para qué tanto tanto... ¿No podemos dejar de correr diariamente para llegar a mil quehaceres? ¿No podemos parar ni un solo instante a ver cómo nos sentimos?. Pero llegar tenía que llegar: me esperaba la comida, llevar la compra etc. El mismo runrún diario tenía que seguir para que no nos sintiéramos descolocados. Las noticias sobre muertes inesperadas y súbitas estaban esperándome en ese despliegue de medios que hacen todas las cadenas de televisión. Me entristecieron por igual la de Umbral y Puerta. Ponía en la balanza a uno y a otro y me daba mucha lástima esa pérdida valiosísima de la literatura, sin haber podido entrar en la Real Academia después de todo. Ahora todos hablando tan bien de un escritor con mayúsculas y un periodista original y divertido a pesar de su gesto adusto y serio como de ofendido perpetuo. Ya nos empaparemos de Francisco Umbral por los artículos que nos esperan en todos los periódicos (en El Mundo de hoy tenemos bastantes cosas para leer en un monográfico titulado "Umbral inmortal". Seguro que nos dará más pena que se haya ido para siempre alguien así, con esa cultura y ese saber hacer.) Pero Antonio Puerta es otra persona que ha muerto acompañado de multitudes tanto de Sevilla en pleno como del mundo deportivo. Este sevillista de 22 años no tenía que haber muerto de esta manera tan terrible. Infarto tras infarto se fue dejando una mujer destrozada a punto de dar a luz. No es justo, la vida es cruel. Hace un año la felicidad más absoluta en el terreno profesional con su equipo y la llegada de su primer hijo y en el 2007 todo lo contrario, la pérdida de todo lo conseguido, la muerte que llega inesperadamente y le arrebata a su familia y amigos lo único de lo que no es dueño. Tan joven y tanto por vivir que se va definitivamente. Así estamos, con unas ganas locas de que algo nos saque de tanta meditación y ensimismamiento.