sábado, abril 26, 2008

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí"

Estábamos en la clase leyendo sobre la narrativa, los relatos cortos y microrrelatos. Leímos el microrrelato de Augusto Monterroso y ninguno lo entendió y, menos, saboreó. Decían que cómo se habría quedado después de escribir eso. Que no era un relato ni nada, si acaso un título, apurando mucho, mucho, decía otro en plan estricto. "Vamos, profe, que usted nos pide cien palabras para el relato nuestro, y ahora viene este Monterroso, y se escaquea, nada más que siete palabra, qué bien, y es escritor y todo." "¿Le pagaron por escribir esa parida? ¡Yo también quiero ser escritor así!" La clase era la última de la mañana ¿cómo esperaba que estuviesen? Ya andaban algorotados con la proximidad del puente y nos costaba la vida misma que atendieran a las explicaciones. Pero ahora sí estaban participando todos del debate. Nadie defendía a Monterroso. Si fueran jueces, ya estaría a la sombra. Qué poca caridad... Uno que nunca traía nada a clase, ni libros ni cuadernos, ni nada de nada, se erigió en argumentador del reino. Qué verborrea, qué fluidez lingüística.¿ Dónde aprendió esta criatura repetidora tantas maneras de decir lo mismo: que era una bazofia el tal relato, que para decir eso, mejor se hubiera quedado calladito, el Monterrosa o como se llamara? Pero lo decía él, el que siempre permanecía en silencio, ajeno a nosotros y nuestras explicaciones en la pizarra, ausente de todo y como adormilado. Marisa, que participaba siempre, miró con total despecho al ausente-perpetuo que estaba a su lado en la última fila de la izquierda. No dijo nada en esta ocasión. No se atrevía ante una jauría de perros salvajes; esa ola de todos en contra de Monterroso ni le iba ni le venía, pero no abría la boca. Quería irse tranquila a casa luego con esos cafres camino de la estación. Laura habló un momento y dio en el clavo. Todos se le echaron encima. Siempre tan valiente dando su opinión, contra viento y marea. Le hice un gesto aprobador y sonreí viendo que se volvía y peleaba defendiento su postura. Los otros rugían ya. Era la alumna más brillante de la clase. Y no le costaba serlo. No estudiaba en exceso, solo atendía maravillosamente en las clases: era todo ojos y oídos. Ya estuviera con fulanito o menganito y estuvieran desarmando bolígrafos, reventando típex, ella centrada en el asunto. Testaruda y valiente como la que más. Se unió Toni en la defensa. No convenció, pero fue escuchada con total silencio. La dejaron exponer que la imaginación era más poderosa en la literatura que en el mundo de los sueños; que ella lo había entendido así. Después Toni se puso terriblemente colorada, como si fuera a explotar de un momento a otro. A Luisma le tuve que echar al pasillo un rato, a ver si se calmaba y no se peleaba con todos los de su fila. También le había sorprendido tirando una tecla del ordenador a Paco Pintado. Le había visto, pillado "in fraganti" ¡ y lo negaba delante de mis narices! "¿No me pondrá un parte por esa tontería? Si no lo vuelvo a hacer más, en lo que queda de curso... No me ponga parte, no lo hago más..." No me había dado cuenta de que ya quedaban tres minutos para que tocara el timbre de final de clase. De algunas clases ya estaban saliendo los alumnos y se empezaban a guasear de Luisma, sentado en el suelo del pasillo. Le dije que entrara y que me explicase qué había querido decir Monterroso con ese microrrelato. "Cualquier cosa se puede contar en un relato corto, ese sueño interrumpido del dinosaurio, que a mí me hubiera gustado que lo contase él, en vez de dejar que yo lo imagine. Porque mis películas favoritas son las de los monstruos y dinosaurios, esas de Jurasic Park que me las he visto mil veces. Nos fuimos de la clase riendo, no sin antes recordarles que tenían que entregar su relato o microrrelato en la próxima clase de lengua, después del puente.

miércoles, abril 09, 2008

Música a destajo

Ayer tuve empacho, pero de los buenos, de música. No es que sea excepcional que escuche toda la música que pueda. Pero ayer me pasé. Hoy no había manera de levantarme para madrugar y acudir con diligencia a mi trabajo(hoy la diligencia se quedaba acostadita y yo maldiciendo mi suerte camino a la calle nada acogedora de lluvia intensa). ¿Qué escuché de música? Pues de todo. Por la mañana mientras desayunaba en paz y sosiego(nadie necesitando nada de mí y yo rumiando mis pensamientos, aparte de dando cuenta de una tostada con aceite)rehusé a escuchar a Jiménez Losantos para que no estropeara ese momento de relax. Sí, ya sé que gracias a él me pongo al día de las grescas diarias y hasta me río con sus decires y guasa matutina. Nada,nada a escuchar a Eros Ramazzotti. No todas las canciones porque dos CDs no daba tiempo. Cambié a Pastora y a La quinta estación. Buscaba las que más me gustaban y como fui caminando al trabajo me dio tiempo de oír unas pocas. Hasta a Miguel Bosé, justo antes de poner el pie en el umbral y suspirar hondo porque ya me estaba viendo venir a alguien que diría lo siguiente al escuchar lo que yo escuchaba de Bosé:"¿Y esa música te gusta?!Pero si no sabe cantar ni ná!" Deja, deja. Apaga y entremos con una sonrisa a la batalla. De vuelta a casa puse bien alto a Antonio Orozco casi enterito. Me dio tiempo de escuchar a Calamaro y su Flaca que apenas escuché entre el ruido de Doraimon de la televisión que las niñas estaban viendo tranquilamente. Después de comer apagué la televisión que mi marido había dejado puesta y que ya nadie veía para seguir con las canciones: Calamaro, Fito, Diana Navarro, Alejandro Fernández, Sabina, M-Clan, Estopa y llegué hasta Luz Casal. Ya había arreglado toda la cocina, había puesto orden en el rincón más recóndito de la casa y me disponía a salir de nuevo. La peluquería. Allí escuché todo el repertorio completo de Carlos Baute, R. Martin y Alejandro Sanz. Me tocó esperar un buen rato, claro. Y la cabeza me estaba ya doliendo, y eso que no habían empezado conmigo. La charla de peluquería también me estaba cansando, no digo que no. Pero qué quieres. De allí no me iría hasta que no me adecentaran la cabeza, por mucho que me doliera. LLegué a casa escuchando el sonido de la lluvia intensísimo que parecía que nunca había llovido con esa fuerza. El campo iba a estar precioso, así que todo sea por eso, aguantarse con la tromba de agua. Sevilla iba a estar de maravilla con todo embarrado en la feria. El monotema de la peluquería me salía a borbotones y hasta yo misma me daba la matraca con la feria y el agua. Por la noche antes de irme a dormir escuché todavía más música. Ya el Ibuprofeno había hecho su efecto después de cenar. Mientras revisaba unos exámenes Il Divo estuvo sonando una y otra vez. Hasta que me puse a leer a Andrés Trapiello y me quedé dormida. Cuando desperté me sentó fatal comprobar que eran las dos y que qué hacía trasnochando un martes, yo, la esclava del horario a machamartillo.